eterno grito de memoria y libertad

Hoy es 16 de septiembre. Hay sol. Se puede olfatear la llegada de la primavera dentro de unos días, se puede sentir. Se puede notar al cerrar los ojos y mirar el cielo que son tiempos de cambio, que renacen las ganas, que todo está lleno de vida.
Hoy es 16 de septiembre. Nos levantamos para seguir con nuestra rutina diaria: nos bañamos, desayunamos, nos cambiamos y salimos para el colegio. Seguro alguno que otro se quedó dormido porque no escuchó la alarma, estarán los que llegaron tarde, los que vinieron con sus viejos, los que vinieron caminando, en bondi, bici o moto.
Hoy es 16 de septiembre, miércoles. Al tocar el timbre de la una cada uno seguirá con lo suyo, seguirá con su día, con su vida, seguirá con sus cosas. Escuchará la música que quiera y cantará a gritos, saldrá a caminar y ver lo hermoso que está hoy el mar, hará deporte, leerá un libro, dormirá la siesta, discutirá entre compañeros en una plaza tomando mate, mirará una peli, una serie. Cada uno hará lo suyo, seguirá con su día, con su vida, con sus cosas. Seguirá con sus gustos.
Hoy es 16 de septiembre. La juventud pega con todo. A pesar de las diferencias nos sentimos más vivos que nunca, estamos más vivos que nunca. Es 16 de septiembre y el mundo es nuestro, depende de nosotros: de nuestros actos, de nuestras ganas, de nuestra personalidad, nuestra perseverancia y nuestra lucha. Depende de nuestros sentimientos, e nuestras miradas, nuestras opiniones y la firmeza que le otorguemos a nuestros argumentos. Todo depende de nosotros, de que tengamos memoria, de que tengamos ganas de construir, de cambiar lo que está mal, de que tengamos ganas pero que esas ganas nos movilicen, se conviertan en acción, en acción que no importa que tan chiquita sea sabemos que puede cambiar el mundo.
Hoy es 16 de septiembre y el mundo depende de nosotros, de nuestros ideales. El mundo depende de nuestra libertad.
Ayer también era 16 de septiembre. El sol pegaba fuerte. Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Emilce Moller, Horacio Hungaro, Pablo Díaz, Francisco Muntaner, Claudio de Acha y otra decena de jóvenes se levantaban, como nosotros. Se bañaban, desayunaban, se cambiaban y seguían con sus vidas.
Ayer era 16 de septiembre, ayer intentaron apagarlos. Los secuestraron, los torturaron. Les quitaron su futuro. Intentaron callar sus voces, intentaron pero no pudieron. Porque aunque hoy continúen desaparecidos sus gritos se escuchan más fuerte que nunca. Era 16 de septiembre y al sol lo tapó una nube gris y triste. La violencia y el miedo empleados por esos poderosos con traje y armas buscaron culminar con los ideales de una juventud ardiente, participativa. Buscaron acabar con los ideales y la lucha. Terminaron con la libertad.
Hoy es 16 de septiembre y estamos acá, por ellos y por nosotros. En el día de la reafirmación de los derechos del estudiante secundario debemos reproducir sus voces, debemos continuar con su lucha. Utilizar la llama que nos caracteriza para seguir consiguiendo las conquistas que nos faltan. Debemos transmitir alegría, transmitir vida, defender la libertad hasta el final. Saber que es nuestra, que nadie nos la puede quitar. Saber que es nuestra y la tenemos que cuidar, la tenemos que respetar, la tenemos que llevar con orgullo.
En este día y cada día, tenemos que saber que nada ni nadie puede decirnos que estamos apagados, que estamos vacíos. Tenemos que saber que siempre habrá quienes por conveniencia propia nos hagan creer que somos significantes, pero no es así. En este día y cada día, tenemos que saber que pensar y sentir, que expresarse y actuar libremente en base a nuestros ideales es un derecho que nunca nadie en este mundo va a poder sacarnos, jamás.
Cantemos, gritemos, charlemos, escribamos, juguemos, corramos, hagamos, cambiemos, luchemos. Honremos a la juventud, honremos a la libertad. Honremos las vidas de nuestros compañeros desaparecidos que se quedaron en el camino. Recordemos la historia, tengamos memoria, pidamos verdad y justicia para que nuestras voces no se tapen nunca más.

un momento

Simplemente quiero paz. Cerrar los ojos y viajar. Descubrir mil mundos coloridos que trazaré paso a paso con mi sencilla imaginación.
Simplemente quiero paz. Que nada me agobie, sentir solo aquello que me haga sonrojar, que todo sea locura, que todo sea bienestar. Estar sola, por un mínimo momento, no importa que tan corto sea, pero estar en soledad. Esa soledad bella, esa soledad noble, esa soledad compartida con el universo. Solo el universo y yo. Nada más.
 Ser libre, alegre, ser fugaz como la estrella más hermosa que cruza el cielo dejando su imborrable marca. Ser yo. Estar en paz, disfrutarla, sentirla. La tranquilidad de esas mil sonrisas. El vuelo que levanta mi alma con tan solo un suspiro.
 Simplemente quiero un momento de paz. Que me deje ser, por un mínimo instante, lo que quiero ser, pero lo que se que nunca voy a poder ser.

la pregunta de mis ojos

 Las ansias, la intriga, el temor y el placer recorrían mi cuerpo desmedidamente, comenzaban en mis manos, obligándome a apretar mis dedos entre si para sentir un dolor que logre distraerme y llegaban a mi corazón, donde todas esas sensaciones se convertían en fuertes latidos. Sensaciones nuevas. Sensaciones encontradas.
 A veces resulta inexplicable. De hecho lo es.
 No logro comprender qué es en realidad lo que siento. Porque si no existe bajo un nombre que anda a saber quién carajos le puso a las situaciones de la vida, esas que se dan cuando la cabeza se nos va con el alma, si no existen bajo un nombre no se que mierda es lo que me pasa.
 Tiemblo. Tengo ganas de seguir y arrasar con todo. Dejarme llevar de una forma tranquila es lo que deseo, pero a la vez se me torna completamente imposible. Espío. No quiero seguir más. Pero no porque sea cobarde, simplemente me aterra saber que de una vez por todas todo esto va a terminar. Y no quiero que termine, preferiría que dure para siempre. Sí, para siempre es una expresión muy amplia. Una palabra que se refiere al tiempo como una eternidad de la que sería partícipe, y la palabra eternidad es una de las más bellas que hay en el universo. Amaría que sea eterno, que no tenga un final, que no se pierda con el paso de los años, de las personas, que perduren sus efectos: sus emociones y sus valores. Que cada tramo sea el principio, siempre.
 Avanzo de a poco, cierro los ojos. Que sea eterno.
 Sigo, corajuda. ¿Corajuda? ¿Eso es el coraje? El coraje es otra cosa.
 Hago un parate para pensar, el ambiente debe ser ameno. De repente se rompe esa inspiración que había logrado, profunda, plena, se hace añicos ese nuevo mundo que había podido crear para hacer tal vez un poco menos doloroso el final de mi historia.
No me importa, debo continuar, mi cuerpo inmerso en codicia me lo pide. No quiero. Quiero. No quiero. Debo.
Debo, debo proseguir. Las sensaciones son prolongadas. Respiro hondo y le doy para adelante. Es hermoso, después de tanto tiempo voy a descubrirlo. Es triste, solo se puede descubrir una vez. Anhelo que sea eterno.
Piel de gallina y lágrimas en los ojos, me hago uno con cada párrafo, con cada palabra, con cada letra. Es mi mundo, también. Es mi historia. Estoy segura que será eterna. Porque así lo quiero yo.
 Cuando el corazón late fuerte y se electrifica cada rincón de mi, se que será eterno. Al menos en mi memoria y con eso, con eso me basta. Cuando tomo algo para hacerlo mío por siempre, será así porque así lo quiero, y así las simplezas de la vida lo permitirán, adoptándolo en cada momento existente en la faz de la tierra, y quién sabe dónde tiempo después.
 Está lloviendo, el clima es perfecto. Me gusta la lluvia. Limpia el alma, sana el espíritu, lo hace puro. Saca a relucir las emociones más intensas, las deja en evidencia.
 A Morales también le gustaba la lluvia. Cada vez que vea las gotas caer me acordaré de el. De él y de su eternidad, la que un personaje puede imponer en la simple vida de un ser insignificante, con afán de ser eterno.
(Y sé que no fue el final, fue sencillamente el principio de una nueva forma de ver nuestro mundo)