Admiro esa capacidad que tienen ciertas personas, de decir basta cuando es necesario, cuando algo llega a un límite que ya no se puede superar. Esa capacidad de saber hasta donde hacerse mal, hasta donde luchar cuando hay dolor, un dolor que sigue creciendo, pero si no se le pone un fin voluntario, es eterno. Admiro esa capacidad que tiene la gente, de buscar solo la felicidad y lo malo dejarlo de lado. La contemplo porque no la tengo, porque se que busco la resistencia, más allá de que haga estragos.
Nunca sabré la razón, pero es una especie de masoquismo hermoso. Algo que me hace mal, pero me motiva a seguir, me da una fuerzas para continuar, pero con el tiempo me las quita. Me muestra un camino, me da una identidad, me hace sentir persona. Algo que me hace mal, pero es la causa de mi existir. Algo que me une con millones de almas que sienten lo mismo, que están destruídas buscando una explicación posible para semejante fenómeno, un argumento inexistente, abstracto, imposible de ser encontrado aunque se lo busque toda una vida.
Envidio a aquellas personas que no sienten nada similar, pero en el fondo de se que no es verdad. No es así. Porque aunque la razón de mi vida gire alrededor de un presente destruído y esto, me hiera a mi, siempre será el motivo de cada felicidad intensa que esté por venir.
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