eterna soledad

Relajan las gotas al caer sobre el techo, el sonido es placentero y las horas que me quedaría escuchándolo sin hacer más son incontables. La espera del invierno está acompañada de noches frías y lluviosas, que traen consigo el sabor amargo de las penosas reflexiones que brotan de ese clima melancólico. 
 Ya es costumbre replantearme todo. Dejarme carcomer por las dudas existenciales se volvió rutinario. Y eso, tal vez, es lo que de a poco le va sacando esa tinte de interesante a una situación que para aquellos que disfrutamos de pensar y dejarnos llevar por la imaginación y respuestas sin sentido es grata, y la va coloreando de gris tornándola agobiante, pesada, haciendo que a veces de un giro y se vuelva hiriente, más que de costumbre.
 Hoy, como tantas otras noches, mis palabras no son más que la búsqueda de consuelo ante una situación que cayó sobre mi fríamente, obligándome a sacar conclusiones estando afligida, por lo que la objetividad se perdió junto con el buen humor que habían traído espléndidas horas pasadas. Cuando las circunstancias que nos llevan a pensar son ingratas, la erupción de sentimientos horriblemente oscuros me hace sentir deshonrada, vulnerable, me hace sentir débil. Y si hay algo que detesto es sentirme débil, es estar débil, es que los demás se den cuenta que estoy atravesando un clima de debilidad. Mostrar el desconsuelo ante la mirada ajena. Y peor, tener que prestarse ante la duda ajena. 
 Muchas veces es preferible la soledad. A veces la desesperación por ser alguien nos obliga a sumergirnos en ámbitos incorrectos. Y esa debe ser, la pregunta que cada ser que vive en este mundo se repite, a dónde pertenezco. Tener tanta luz interior y no poder compartirla con quienes crees confiables y compañeros, es un desperdicio para lo que llamamos vida. Por eso me entristezco, porque toda esa luz la tengo acumulada en mi interior, porque me pide a gritos salir, porque precisa explotar más que nada en este mundo y  no puede, porque no la dejo. Porque las noches de insomnio me dicen que si sale se va a apagar, rápidamente, en cuestión de segundos. Y yo, yo no quiero que se apague, yo quiero que tenga un pequeño hilo que la guíe hasta la eternidad.
 Cuando la cotidianidad está falta de seres pensantes, el día a día se vuelve tedioso. La relatividad del tiempo cumple su rol de una forma insostenible, pasa tan lento que el alma busca constantemente el momento de escaparse, y queda entre la realidad y la nada, flotando, dejando un cuerpo vacío, desganado, casi rendido ante una rutina de carácter ridículo. El papel que ocupan las personas es fundamental para el propio camino, la capacidad de influir en el humor personal que tienen ya es síntoma de lo peligroso que es estar mal acompañado.
 Y debe ser por eso, tal vez, que prefiero la soledad, pero que sueño con la compañía. Porque las noches en las que dormir es tarea imposible, la razón me dice a gritos que no sirve más que para la distracción estar rodeada de seres fríos, sin afecto ni ideales, y que ya llegará el momento en el que pueda compartir ese pequeño hilo de luz interior con alguien, y buscar llevarlo hasta la eternidad. Mi eternidad.

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