Cuál es la razón, cuál es la causa del todo. Basta con solo cerrar los ojos en la tranquilidad de cada tarde oscurecida (por la cruel soledad) para saber, para cerciorarnos de que no hay un por qué, no hay una explicación para los objetivos abstractos que intentamos ponernos por delante para así, hacernos creer a nosotros mismos que nada carece de sentido. Porque es verdad, aunque muchas veces la rutina nos agobie y nos sumerja en un pozo oscuro, sin aire puro para respirar y renacer con sonrisas que hacen falta liberar, todos estamos acá por algo. Tan solo tenemos que abrir la mente, dejar fluir la curiosidad y las miles de ideas en un ruidoso y turbio torbellino, que nos deslumbrarán y ensordecerán ante la adversidad, debido a la imponente riqueza que contiene: la riqueza del alma, incomparable, espléndida y sana. Totalmente personal y libre hasta de toda libertad.
Porque alcanza con una simple décima de segundo en este universo tan variado, con una simple décima de segundo en la que por fin respires hondo y sepas que existís y que sos alguien, iluminado por un alma única, irrepetible, con tus condimentos personales y tu hermosa plenitud. Sos alguien, sos vos. El rejunte de todo pasado y la construcción que te proponés levantar en el futuro, ese camino que vas trazando con tu alegría o con tu llanto, sos esa luz entre tanta oscuridad, con mil manos para agarrar o con ninguna, más fácil o mñas dificil, pero sos vos. Y ser vos es lo que te otorga esa sensacional marca tuya.
Muchas veces nos olvidamos de que somos alguien, y flotamos en la nada por un tiempo prolongado, donde agobia el rechazo, la tristeza y la soledad. Donde en un océano de preguntas sin respuesta nos planteamos nuevamente ese círculo vicioso del por qué de las cosas. Por qué razón no podemos encendernos hasta la eternidad, o tener una guía que nos lleve a aquellos lugares de ensueños, irreconocibles, que nos regale los besos más dulces y los abrazos más cálidos, una guía que al tomar nuestra mano transmita la electricidad más placentera, la de estar en compañía y no caminar solo, que nos ayude a construir, o mejor dicho, que seamos espectadores los dos, uno del otro, de cada logro personal, cada ladrillo colocado en el edificio de la vida, pero que esté ahí como sostén, que nos haga ver y notar que es imposible que se derrumbe algo tan fuerte y puro, pero que si algún día llega a explotar o caer, te va a cuidar la espalda para que vos no desvanezcas, que con solo mirarte a los ojos podrá transmitirte rutinariamente que tan especial sos, que tanto quema tu fuego interior, y ¡qué catástrofes puede crearle tu sonrisa a un mundo que te parece oscuro y sin sentido!.
Por eso a veces resulta inexplicable como uno se prepara para entregarle plenamente su mano para caminar a una persona, como las reflexiones diarias nos ahogan en un rechazo que parte desde un sentimiento tan hermoso, que flota como una soledad triste y frecuente, lo más triste es que se haga frecuente. Y no, no hay razón, no hay explicación para esas heridas que se van abriendo a medida que la reciprocidad y el afecto van desapareciendo progresivamente, y tratando de opacarnos de a poco, haciéndonos creer de nuevo que lo que ofrecemos es nulo, es pequeño, es insignificante e intrascendente en un mundo tan grande y repleto. Que cualquiera puede ofrecer algo mejor, que como la entrega de nuestra alma fue disuelta casi sin tacto, dejando secuelas de un dolor agobiante, aquel que hiere el espíritu que buscaba ser liberado para enlazarse con el otro y tener protección.
No se por qué será que el estar solos nos hace creer que somos débiles, vulnerables, nos da a sacar al mundo exterior necesidades innecesarias para lo que es la razón de cada una de nuestras vidas. Marcar el mundo desde nuestro lugar, temiendo al olvido, ese sentimiento que se esfuma por los aires y se lleva consigo todo aquello que existió, para no volver más, y no saber de qué se trataba. Porque el olvido es inevitable, al igual que es inevitable que nuestros caminos se crucen y se separen paralelamente como brillan nuestras almas.
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